En la ventana del hospital donde está mi padre

se ha caído un nido de pájaros,

ellos deberían haberlo previsto,

aquí solo hay arquitectura para

la muerte,

en este lugar los espejos cortan

como relámpagos,

el peso vertical de la tarde se rompe en el aire y,

cuando se acerca la noche,

nada ni nadie se posa en los cristales,

sólo se tensa el cielo.

En el hospital donde está mi padre apenas

se intuyen los cimientos y el precipicio de la piel,

la serenidad es poco menos que el dolor

y la esperanza,

el silencio es la hierba por donde nadie

se atreve a caminar.

Hay que asumirlo. Son los ruidos del final,

el mecanismo abyecto del último engranaje.

En la ventana del hospital donde está mi padre

el tiempo pía un subjuntivo en desuso

entre lo mínimo y el dolor,

aquí sólo existe la limosna,

la poesía que pone en marcha los respiradores ha dejado de funcionar,

las bisagras se estampan como mariposas

contra la luz amarilla de los huesos,

los pájaros caen sin haber aprendido a hablar.

En esta habitación donde maldigo

una y mil veces el abismo de haber nacido,

nuestras enfermedades se han tomado de la mano.

En la ventana del hospital donde está mi padre

se ha caído un nido de pájaros y yo lo estoy viendo,

en mi puño aprieto este barro,

unas pocas ramitas y palitos,

y un mapa roto de la vida.

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