Una vez escuché a Bibiana Collado decir que el origen de la poesía es oral y colectivo. Esto de leer en silencio y de que la poesía se consuma principalmente en papel es un invento del Modernismo, hace dos días en comparación con los siglos de tradición poética. Aun así, aunque recitar sea más viejo que toser, el campo de la performatividad en la poesía está muy poco estudiado. Podemos encontrar infinidad de talleres de escritura poética, pero las formaciones sobre interpretación escénica aplicada a la poesía son prácticamente inexistentes. Esto se debe al carácter popular de la práctica. La misma tradición oral y colectiva la conduce al anonimato y a lo informal.
Ya no solo en el pasado; ahora, somos muchas personas explorando la dimensión oral y escénica de la poesía, pero de manera intuitiva, sin saber muy bien qué estamos haciendo ni cómo, inventando la rueda constantemente. Este taller, Vivenciar el poema, viene a cubrir esta carencia. Vengo a compartir una caja de herramientas que he ido conformando con la práctica, para que todas tengamos una guía por la que empezar a explorar y descubrir la voz personal de cada una.
Pero, antes de empezar con la práctica, vamos a hablar sobre cómo funciona la performatividad en la poesía.
Aunque parezca que el libro ha ido ganando terreno, la poesía nunca ha abandonado la comunicación oral. Lo vemos en el rap, en la música indie, en los cantautores; la vemos en el teatro en verso, el teatro clásico o el teatro contemporáneo más simbólico; la vemos en las vanguardias del s.XX, con la poesía surrealista, la perfopoesía, la polipoesía, el arte sonoro. Y ahora en el siglo XXI hablamos de poesía escénica, poesía expandida o poesía viva, sin olvidarnos del fenómeno del poetry slam. Las nomenclaturas son infinitas, pero la cuestión es la misma: pasar el poema por el cuerpo y hacerla llegar a un público en directo.
Sucede que, aunque afirmemos que la poesía y su declamación están originalmente relacionadas, escribir poesía no garantiza que sepamos recitarla. De hecho, es muy común que muy buenos poetas no sepan transmitir esa misma magia en sus lecturas. Matan su propio texto porque no saben comunicarlo. Es muy fácil que las palabras se las lleve el viento. Sin conciencia ni intención, pasan por el oyente como un ruido blanco. Debemos apoyarnos en la voz y en el cuerpo para que el poema llegue con fuerza.
Hablo desde la experiencia. En mi experiencia como oyente en micros abiertos y recitales de poesía, la mayoría de las veces no conecto con el poeta, como si hubiese una barrera enorme entre emisor y receptor, y sin conexión no hay emoción. Como poetas, tenemos la responsabilidad de hacer llegar nuestro poema. Y esto no tiene que ver con el estilo literario. No hay por qué simplificar el texto. El poema puede tener el estilo que nos plazca. El punto está en trabajar la presencia escénica y captar la atención del público para que, aunque no entienda nada, se emocione, que conecte, que le sucedan cosas.
¿Y esto cómo se consigue? Vivenciando el poema. El poema ‘‘es un acontecimiento, no la representación de uno’’, dice Joshua Culler en su Teoría de la lírica. Nuria Lorente, en un trabajo sobre la performance poética, dice: ‘‘La realización poética hace referencia a un proceso escénico, inmediato y concreto. En tanto que realización (se entiende que única e inmediata), el hecho poético no puede pensarse sino como aquello que está sucediendo y que desaparece tan pronto como sucede’’. El poema sucede cada vez que lo enunciamos. Con esa intensidad y esa trascendencia debemos defender el poema en directo. Debemos poner nuestro cuerpo a disposición del poema, ser su canal y ofrecérselo al público. Si no, será eso, un ruido blanco entre todo el ruido del mundo.
Para vivenciar el poema hace falta desarrollar un nivel de conciencia corporal que nos permita entrar en el juego. Y esto se consigue a través del entrenamiento, la constancia y la curiosidad. Hago una advertencia antes de seguir: cuando hablo de cuerpo, incluyo también la voz como una extensión del mismo. Al vivenciar el poema nos convertimos en el poema mismo y ahí es donde sucede la magia. Y cuanto mejor conozcamos nuestras herramientas y el campo de juego, mejor será la experiencia.
El curso de Vivenciar el poema pretende poner sobre la mesa distintas herramientas para acercarnos al texto. Acercarnos a través del juego y del movimiento, para romper con los patrones preconcebidos sobre cómo se lee un poema. No vale ni utilizar la misma cantinela de siempre ni hacer mímica del texto. Cada poema es único. Cada declamación es un acontecimiento. Y además es efímero: en cuanto se mienta, desaparece. Por eso, debemos tener el cuerpo despierto, reaccionando en el momento a ese poema que viene, nos habita y se abre en frente de un público.
Las herramientas que traeremos al taller son: la respiración, el silencio, la velocidad, el volumen, la repetición, el gesto, la mirada y el entorno. Podrían ser más. Lo más interesante es que cada una se conforme su propia caja de herramientas según su cuerpo y las necesidades de su texto, pero con esto tenéis de sobra para empezar.
Antes de lanzarnos a la práctica, recordaros las ideas clave que dibujan el marco conceptual con el que nos vamos a mover: