Hay multitudes que leen a Juan Gelman,
multitudes que piensan en paz,
piedad,
perdón,
multitudes que no hablan.
Todas en los balcones.
Los balcones llenos de multitudes,
incluso los balcones vacíos,
vacíos de esas multitudes que no están.
Tal vez, que ya no están.
Hay multitudes en cada cuarto,
en cada hospital,
en cada calle desierta.
En cada silencio hay multitudes.
Y hay multitudes con forma de mirlo
que canta en los patios traseros,
multitudes que nadan en las copas de vino
de las mujeres que beben solas por las noches,
multitudes que burbujean y aplauden
con cada salida de sol.
Hay multitudes que conjuran el miedo
jugando a ser mar.

***

Las multitudes de Gelman
despiertan cada madrugada
aferradas a sus bosques.
Hay multitudes con una secuoya que les nace en los pies;
otras con el rostro cubierto de tundra
o algún junco incipiente en el ombligo.
A otras se les abre el desierto de Orán
(si es que en Orán hay desierto)
entre la nuez y el final de la infancia.
Todas las muchedumbres se afanan en el estado de alarma.
Pero no hay caso:
de todas nacen flores
que salen a la calle.
Florecitas diminutas de un color malva pálido
que las multitudes plantan en los balcones,
para que también ellas puedan,
cada noche,
escuchar los aplausos.

Emilia Conejo

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